Por: Diana Patricia Zuleta
Fuente: Imagen generada mediante inteligencia artificial a partir de fotografía de referencia de la autora (2026).
Como investigadora, docente y viviendo un embarazo,
he llegado a una verdad que pocas se atreven a expresar abiertamente en la
academia: no siempre es posible mantener el mismo ritmo de productividad, y eso
no disminuye nuestra capacidad, dedicación ni valor profesional.
En la academia existe una cultura de actividad
constante: los artículos que avanzan, los proyectos en marcha, las clases, las
reuniones, conferencias y las metas que se acumulan una tras otra. Nos
acostumbramos a estar siempre activas, siempre generando resultados,
respondiendo con inmediatez y sosteniéndonos en un ritmo que pocas veces nos
detenemos a cuestionar. Es por ello que cuando llega la maternidad y ese ritmo
necesariamente se transforma, la culpa puede inundarnos con una intensidad
difícil de soportar. A pesar de todo, esa transformación es profundamente
válida y legítima.
La maternidad no es una pausa en la vida
profesional; es una transformación profunda en lo humano, lo emocional y lo
físico. Estamos creando una vida. Estamos atendiendo a una persona que depende
absolutamente de nosotras y que, más adelante, también formará parte de la
sociedad a la que aspiramos a cambiar mediante nuestro trabajo académico,
científico y educativo.
Por eso, ninguna de nosotras debería cargar con la
culpa porque su productividad no sea al mismo ritmo de antes. Ningún indicador
académico puede medir lo que significa vivir un embarazo en cuerpo y alma,
especialmente cuando existen complicaciones, riesgos obstétricos, períodos de
reposo obligatorio o recuperaciones más complejas. No hay dos gestaciones
iguales. Algunas mujeres consiguen mantener gran parte de sus actividades;
otras necesitan desacelerarse significativamente para cuidar su bienestar y el
de su bebé. Ambas experiencias son válidas y merecen reconocimiento y respeto.
Sin embargo, muchas seguimos conviviendo con esta
angustia silenciosa: la culpa por ausentarnos de encuentros de investigación,
por reducir nuestros compromisos, por no publicar artículos con el ritmo
acostumbrado o simplemente, por permitirnos descansar. Con frecuencia
observamos a colegas que mantienen niveles de exigencia extraordinarios y
creemos que deberíamos hacer lo mismo. Pero cada cuerpo, cada embarazo y cada
trayectoria profesional son distintas.
También es importante reconocer el trabajo de
directivos e instituciones académicas que entienden verdaderamente esta etapa y
brindan apoyo integral a mujeres embarazadas, en período de lactancia o en
posparto. La empatía, la comprensión genuina y la flexibilidad laboral hacen
una diferencia enorme en nuestra salud mental y bienestar. Son una muestra de
que es posible crear entornos laborales más humanos e inclusivos.
Muchas ansiamos volver demasiado rápido a
"cómo éramos antes". Nos urge recuperar la velocidad, alcanzar metas
visibles, asumir varios proyectos a la vez y completarlos todo a la vez.
Aunque, la realidad es que, con frecuencia hacerlo implica llegar a un
agotamiento emocional y físico. Por eso, está completamente bien avanzar a
nuestro propio ritmo.
Con el tiempo he aprendido que hay una cierta
belleza en el movimiento lento: en concluir una actividad antes de empezar
otra, en aceptar nuestras limitaciones sin vergüenza, en saber que el descanso
no es un fracaso y detenerse no significa rendirse. Cuidar nuestro equilibrio
físico y emocional también es una manera de responsabilidad.
La maternidad no nos saca de la ciencia ni de la
academia. Nos redefine como profesionales, como trabajadoras y como personas.
Nos vuelve más empáticas, más conscientes y, muchas veces, más fuertes.
A todas las investigadoras, científicas, académicas
y profesionales que atraviesan estas etapas: no se lastimen intentando alcanzar
los mismos indicadores de antes. Su valor no se mide solo por la cantidad de
publicaciones, proyectos o ponencias. Sin lugar a duda, hay un mérito en
gestar, en adaptarse y en la capacidad de reinventarse.
Y es posible que juntas logremos seguir
construyendo una academia más humana, donde sea posible ser madre y
desarrollarse profesionalmente sin que una etapa invalide a la otra, y donde
las mujeres no tengan que cargar con la idea de que la maternidad disminuye
todo lo que ya han construido en sus carreras.
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