A lo largo de la historia, los desastres han dejado imágenes que se repiten con demasiada frecuencia, un terremoto que destruye una ciudad, un tsunami que arrasa la costa o una sequía que provoca inseguridad alimentaria. En estos escenarios, los medios suelen mostrar a mujeres con bebés en brazos, enfrentando la pérdida de sus hogares y de sus seres queridos; mientras tanto, los hombres aparecen como actores principales en las labores de rescate y respuesta. Las y los adolescentes tienden a quedar invisibilizados o asumen responsabilidades para las que no siempre cuentan con herramientas ni acompañamiento.
A simple vista, esta representación
podría parecer irrelevante. Con frecuencia se asume que, durante una
emergencia, la ayuda se brinda de manera igualitaria a toda la población. Sin
embargo, la realidad demuestra que las condiciones sociales, económicas y
culturales de cada territorio influyen directamente en quiénes acceden a la
información, a los recursos y a la toma de decisiones. No reconocer estas
diferencias implica no pensar en ellas y, en consecuencia, poner en riesgo la
seguridad y la vida de mujeres, niñas y adolescentes.
Desde la gestión del riesgo de
desastres, resulta claro que no basta con la entrega de asistencia humanitaria.
Es fundamental considerar las necesidades específicas de los distintos grupos
etarios y de género, escuchar sus voces y comprender que niñas y adolescentes
requieren medidas diferenciadas en ámbitos como la protección, la salud, la
educación y la participación. Con demasiada frecuencia, estas necesidades no
solo no se atienden, sino que ni siquiera se reconocen en los procesos de
respuesta y recuperación.
Las mujeres no solamente somos
víctimas, somos resilientes. Esta afirmación no surge únicamente del análisis
conceptual, sino de la experiencia acumulada tanto en el territorio como desde
la academia. A lo largo de los años he podido observar cómo las mujeres toman
iniciativa, lideran procesos y movilizan a sus comunidades, en acciones de
mitigación del riesgo, preparación y planificación frente a desastres.
Desde mi rol como docente
universitaria, he venido formando a mujeres y jóvenes en gestión de riesgos y
desastres, y he confirmado que, cuando se generan espacios de aprendizaje
críticos, contextualizados y con enfoque territorial, emergen liderazgos sólidos,
comprometidos y con una profunda vocación de servicio a la comunidad. No
obstante, este potencial no se desarrolla de manera espontánea, requiere
condiciones habilitantes claras, como el acceso a información relevante y
oportuna y una participación real y efectiva en la toma de decisiones.
Reconocer el rol de las mujeres no
puede quedarse en el discurso. Es imprescindible fortalecer los factores que
permiten sostener ese liderazgo en el tiempo, educación pertinente y de
calidad, servicios de salud adecuados a las necesidades específicas, redes de
apoyo familiar y comunitario, entornos protectores y medidas eficaces de
prevención. Cuando estas condiciones se articulan, los impactos no son solo
inmediatos, sino estructurales y sostenibles.
Un ejemplo inspirador de este enfoque
es el programa Guardianas de la Ladera, desarrollado en Manizales, Colombia. En
esta experiencia, mujeres, muchas de ellas madres cabeza de familia, han
asumido un rol protagónico en la promoción de una convivencia responsable con
las laderas. A partir de procesos de capacitación social, ambiental y técnica,
se han convertido en multiplicadoras del conocimiento y referentes
comunitarios, fortaleciendo la cultura de prevención del riesgo en una ciudad
con alta vulnerabilidad frente a emergencias y desastres. Este tipo de
iniciativas evidencia que la inclusión activa de las mujeres no solo es un acto
de justicia social, sino una estrategia clave para construir resiliencia
territorial.
Hablar de la capacidad de las mujeres
y de las y los adolescentes en la gestión del riesgo de desastres implica
reconocer cualidades colectivas que permiten reducir la probabilidad y los
impactos de los eventos adversos. Sin embargo, este reconocimiento debe
traducirse en acciones concretas, como proveer herramientas, generar
oportunidades reales y confiar en su capacidad para incidir positivamente en la
sociedad.
Hoy resulta impostergable dejar atrás
la imagen de las mujeres y las niñas como víctimas pasivas de los desastres o
como actores secundarios. Es momento de reconocer su liderazgo en la gestión
del riesgo de desastres, la adaptación al cambio climático y la construcción de
comunidades más resilientes y en paz.
Las evidencias son claras. Ya no
queremos ser llamadas “heroínas olvidadas”; queremos ser visibles, escuchadas e
incorporadas como parte fundamental de la planificación, la prevención y el
cuidado del territorio y la naturaleza. Para ello, se requiere confianza, apoyo
y espacios reales de decisión que permitan a las mujeres liderar y ejecutar
propuestas con impacto social y territorial, en beneficio de toda la
colectividad.
Sobre la autora
Soy Priscila González, una profesional ecuatoriana en
gestión de riesgos, emergencias y trabajo territorial, con más de diez años de
experiencia en el sector público, la academia y proyectos interinstitucionales.
Mi trayectoria se ha enfocado en el fortalecimiento de capacidades, la
reducción de vulnerabilidades y la mejora de la toma de decisiones frente a
desastres, integrando conocimiento técnico, gestión pública y enfoque social.
Actualmente me desempeño como Docente Investigadora en la Universidad Técnica
Particular de Loja (UTPL), donde fui directora de la carrera de Gestión de
Riesgos y Desastres (2021–2023), y colaboro en proyectos de investigación y
redes académicas especializadas. Soy Máster en Prevención y Gestión de Riesgos
e Ingeniera en Gestión Ambiental, y me motiva contribuir a la construcción de
territorios más seguros, resilientes y preparados, inspirando a más mujeres y
jóvenes a liderar procesos de cambio desde la academia y el territorio.
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