Si tengo que pensar en dónde empezó todo, siempre vuelvo a una imagen: yo de niña, mirando por un microscopio que mi papá me regaló. No entendía del todo lo que veía, pero me fascinaba. Creo que ahí nació algo que nunca se fue: la curiosidad.
En el
colegio seguí ese impulso y elegí la especialidad de químico biólogo. Luego
vino la universidad, donde estudié Ingeniería Química y me gradué a los 22
años. Era muy joven cuando entré al mundo laboral, y lo hice directamente en la
industria. Ahí empezó otra etapa, muy distinta.
Me
encontré en un entorno completamente masculino. No era solo que la mayoría
fueran hombres… es que yo era una mujer joven ocupando espacios de liderazgo
frente a personas con más edad y experiencia. No fue fácil. Hubo momentos
incómodos, silencios, miradas que cuestionaban sin decir nada y muchas veces, reuniones
donde yo era la única mujer en la sala. Con el tiempo entendí que no tenía que
encajar, sino sostenerme.
Durante
16 años trabajé en la industria. Aprendí a confiar en lo que sabía, a hablar
cuando era necesario y a escuchar. Comprendí que el respeto no se exige, se
construye con coherencia, trabajo y carácter.
Después llegó la oportunidad que cambió mi rumbo: gané un concurso para ser docente universitaria. Entré a la academia, sin saber que ese espacio se convertiría en una de las partes más importantes de mi vida. Poco tiempo después asumí la dirección de carrera de Ingeniería Ambiental y nuevamente, me encontré siendo la única mujer entre directores de ingeniería.
Han
pasado 12 años desde entonces. Doce años formando estudiantes, acompañando
procesos, tomando decisiones y, sobre todo, tratando de hacer las cosas con
sentido. Porque enseñar no es solo transmitir conocimiento, es también formar
criterio, valores y conciencia.
En
paralelo continué con mis estudios, una
maestría en Gestión Tecnológica y otra en Energías Renovables. Sentía – y sigo
sintiendo- que no basta con saber, hay que evolucionar con el mundo. Y el mundo
hoy exige responsabilidad.
Mi trabajo se fue
orientando cada vez más hacia lo ambiental, la sostenibilidad, las energías
renovables. No como una tendencia, sino como una convicción.
En 2024 recibí el Lady
Power Award como líder ecuatoriana en investigación y educación para la
sostenibilidad y la ética ambiental. Más que un logro personal, lo viví como la
confirmación de que el camino tenía sentido.
Me formé en el Climate
Reality Leadership Corps Training, una experiencia que reforzó aún más mi
compromiso con la acción climática.
Si algo resume mi
recorrido, es esto: he estado muchas veces en lugares donde no éramos muchas
mujeres. Y, aun así, me quedé.
Trabajar en ciencia,
ingeniería y energía siendo mujer no siempre es sencillo. A veces implica
demostrar más, insistir más, sostener más, pero tiene algo poderoso: transforma
los espacios, no se trata solo de estar, sino de permanecer y hacerlos
distintos para quienes vienen después.
Hoy hablamos mucho de
transición energética, de sostenibilidad y cambio climático. Son temas
técnicos, urgentes, complejos, profundamente humanos. Las decisiones que se
toman en estos campos afectan a comunidades, territorios, y generaciones
enteras. Por eso, necesitamos miradas diversas, sensibles y éticas. Precisamos más
mujeres. No por cumplir una cuota, sino porque su forma de ver, liderar y
conectar aporta lo que hace falta.
No todo ha sido fácil,
pero ha valido la pena. Si tuviera que decirme algo a mí misma sería: confía en
lo que sabes, aunque seas la única en la sala. Y a quienes vienen detrás: no
esperen a que el camino esté hecho. A veces, toca abrirlo.
Mi historia no es solo
mía. Es la de muchas mujeres que han decidido avanzar, incluso cuando el camino
no estaba hecho para ellas. Y si algo he aprendido, es esto: cuando una mujer
avanza, no lo hace sola… abre camino para todas las que vienen detrás.
Porque
la ciencia necesita talento.
Porque el planeta necesita acción.
Y porque el futuro también se construye con voz de mujer.
Nota: La historia es
escrita por su protagonista, Diana Macancela Encalada.




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